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Hoy, como cada 17 de marzo desde hace ya nueve años, es un día especialmente triste para mi familia y para mí. Es por ello que me vais a permitir la licencia de rescatar aquel sincero texto que, incluso, sirvió como motivación de los jugadores del Betis antes de un partido. A mi padre, este pequeño homenaje:

Benito Villamarín, 26 de enero de 1994. En los aledaños del estadio ya resuenan los cánticos de una fiesta que se vive en su interior. Los nervios empiezan a aflorar en un niño de 10 años, quien sube corriendo unas ruinosas escaleras que dan acceso a Gol Norte. Una vez dentro, sus ojos se llenan de verde, mientras en su pequeña mano siente el calor de otra que lo agarra con fuerza y protección, es la mano de su padre. También lo acompaña su hermano mayor, sevillista, pero no por ello menos emocionado. Es la ida de los cuartos de final de la Copa del Rey, y viene a jugar el Dream Team, el todopoderoso Barça. Pero eso es lo de menos. Aquel niño de 10 años a lo que viene es a ver a su Betis por primera vez en su vida. Pero esta historia no va sobre este niño, ni sobre su hermano sevillista, ni sobre aquel empate a cero ni la proeza de eliminar al Barça. Esta historia va sobre su padre. Mi padre.

A él le debo el sentimiento bético. Los diez años de carnet compartiendo cada domingo una misma ilusión, con el esfuerzo económico que suponía en casa. Juntos vivimos y disfrutamos con aquel Betis que quedó tercero con Cuéllar como goleador y Gordillo como estandarte. Su emotivo partido homenaje. El regreso del Eurobetis comandado por Alfonso, Jarni, Finidi, Pier, Prats… El frío en la venas al presenciar el golazo desde el medio del campo de un tal Zinedine Zidane, cuando todos los béticos, con paragua en mano, creíamos en la remontada frente al Girondín de Burdeos. Lo vimos venir, Jaro tan adelantado como de costumbre. Con él compartí los años dorados de una plantilla histórica. El drama frente al televisor presenciando como perdíamos frente al Barça una Copa que era nuestra. La debacle y descenso. Juntos compartimos un duro año en Segunda, donde vimos maravillados los primeros pasos futbolísticos de Joaquín por la banda derecha. El ascenso y, de nuevo, el eurobetis.

Mi padre, un bético atípico. El único capaz de levantarse y aplaudir al Sevilla en el Benito Villamarín. “¡Somos de la misma ciudad!”, se excusaba ante los béticos que lo miraban asombrados. El único bético capaz de llevar en su coche las pegatinas de los dos escudos juntos. Aquel bético que, a pesar de la derrota, disfrutaba por ver a su Betis con su hijo. Nuestro último partido juntos no podía ser otro que un derbi, el 28 de febrero de 2004, con empate a uno. 17 días más tarde, a la temprana edad de 49 años, se fue dejando un tremendo gran vacío que aún hoy cuesta asimilar. En el recuerdo quedan, imborrables, tantos y tantos abrazos de alegría por cada gol del Betis. Cada minuto de sufrimiento en los descuentos. Su mejor amigo diciéndole: “¡Ohú, Pepe dame agua!”, después de cada jugada peligrosa en contra.

Benito Villamarín, 27 de marzo de 2004. Acompañado por mi hermano sevillista, ese día vestido con la camiseta del Betis, y tras previo permiso, esparcimos una parte representativa de sus cenizas tras la portería de Gol Norte. Nos fuimos antes de que comenzara el partido que, como aquel 26 de enero de 1994, era contra el FC. Barcelona. Finalmente el partido se suspendió por la lluvia y se disputó el 14 de abril. Mi cumpleaños.

Hoy me vais a permitir este merecido homenaje a un gran bético y muchísimo mejor persona que, desde detrás de la portería de Gol Norte, sigue celebrando cada gol, y que desde el Cuarto Anillo estará disfrutando con nuestro Betis, su Betis: a mi padre. Gracias.

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